Empowerment Coach

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jueves, 24 de marzo de 2011

¡Lección de amor!

El texto siguiente forma parte de una de las sesiones del diplomado Familias de Alto Desempeño que imaparto con Aída; ¡Disfrútalo!

Un famoso maestro se encontró frente a un grupo de jóvenes que estaban en contra del matrimonio.
Los muchachos argumentaban que el romanticismo constituye el verdadero sustento de las parejas y que es preferible acabar con la relación cuando este se apaga en lugar de entrar a la hueca monotonía del matrimonio.
El maestro les dijo que respetaba su opinión, pero les relato lo siguiente:
"Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mi mamá bajaba las escaleras para prepararle a papá el desayuno y sufrió un infarto. Cayó. Mi padre la alcanzo, la levanto como pudo y casi a rastras la subió a la camioneta. A toda velocidad, rebasando, sin respetar los altos, condujo hasta el hospital. Cuando llego, por desgracia, ya había fallecido.
Durante el sepelio, mi padre no hablo, su mirada estaba perdida.
Casi no lloro. Esa noche sus hijos nos reunimos con el.
En un ambiente de dolor y nostalgia recordamos hermosas anécdotas. El pidió a mi hermano teólogo que le dijera, donde estaría mamá en ese momento. Mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte, conjeturo como y donde estaría ella.
Mi padre escuchaba con gran atención. De pronto pidió "llévenme al cementerio". "Papá" respondimos " ¡Son las 11 de la noche! ¡No podemos ir al cementerio ahora!" Alzó la voz y con una mirada vidriosa dijo: "No discutan conmigo por favor, no discutan con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años".
Se produjo un momento de respetuoso silencio. No discutimos mas.
Fuimos al cementerio, pedimos permiso al velador, con una linterna llegamos a la lapida. Mi padre la acaricio, oró y nos dijo a sus hijos que veíamos la escena conmovidos:
"Fueron 55 buenos años... ¿Saben? Nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una mujer así'". Hizo una pausa y se limpio la cara.
"Ella y yo estuvimos juntos en aquella crisis. Cambio de empleo" continuo': "Hicimos el equipaje cuando vendimos la casa y nos mudamos de ciudad. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de seres queridos, rezamos juntos en la sala de espera de algunos hospitales, nos apoyamos en el dolor, nos abrazamos en cada Navidad, y perdonamos nuestros errores...
hijos, ahora se ha ido y estoy contento, ¿Saben por qué? porque se fue antes que yo, no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme, de quedarse sola después de mi partida.
Seré yo quien pase por eso, y le doy gracias a Dios. La amo tanto que no me hubiera gustado que sufriera..."
Cuando mi padre termino de hablar, mis hermanos y yo teníamos el rostro empapado de lágrimas. Lo abrazamos y el nos consoló:
"Todo esta bien hijos, podemos irnos a casa; ha sido un buen día".
Esa noche entendí lo que es el verdadero amor.
Dista mucho del romanticismo, no tiene que ver demasiado con el erotismo, más bien se vincula al trabajo y al cuidado que se profesan dos personas realmente comprometidas.
Cuando el maestro termino de hablar, los jóvenes universitarios no pudieron debatirle.
Ese tipo de amor era algo que no conocían.

Fuente: www.agustinos-es.org/parabolas

miércoles, 16 de marzo de 2011

Ulises busca la ayuda de Filoctetes.

Ensayo de Fernando Savater sobre el Filoctetes de Sófocles.

[...] Ulises y Neptólemo llegan a la isla de Lemnos dispuestos a recuperar el arco de Heracles y a su dueño, el arquero Filoctetes, necesarios según el oráculo para la victoria definitiva contra Troya. Saben que no le van a encontrar propicio a este designio, puesto que años atrás fue abandonado, herido y solo, en Lemnos por los mismos que hoy consideran su ayuda imprescindible. Ulises va dispuesto a utilizar cualquier trampa para engañar al hostil Filoctetes; en cambio, el joven Neptólemo, hijo de Aquiles desembarca dejando muy claro que «prefiere fracasar obrando rectamente que vencer con malas artes». En el fondo, Neptólemo es un «alma bella» cuya rectitud de conciencia no tiene precisamente una consistencia adamantina: lo que reclama al proferir altisonantemente sus principios es una coartada suficiente para poder transgredirlos sin escrúpulos mayores. Naturalmente, Ulises se la brindará con todo gusto y habilidad. De lo que se trata, le explica, es de conseguir la victoria; ya habrá tiempo después para mostrarse justos. Tras la breve desvergüenza que el día requiere, viene toda una larga vida en la que poder ser llamado «el más piadoso de los mortales». Por lo demás, aclara Ulises, las palabras son instrumentos para conseguir los objetivos lo mismo que las acciones, ni más ni menos. Neptólemo está decidido sin duda a obligar por la fuerza a Filoctetes a acompañarles a Troya con su arco, pero no se decide a engañarle a fin de lograr el mismo resultado. Digno de la estirpe de Aquiles, la preocupación básica de Neptólemo es ser valiente y una de las características del valiente es la arrojada y desdeñosa sinceridad. Ulises le convence de que ahora tiene una ocasión de hacerse reputar por sabio y no sólo por valiente, empleando con decisión las fintas de la palabra, lo mismo que en su momento las fintas de la espada. En algunas ocasiones, más vale maña que fuerza; en todas, más vale que la maña acompañe a la fuerza. Lo que Ulises ofrece a la consideración de Neptólemo para persuadirlo es sin duda una «razón de Estado», pero no anónima y burocrática, sino realzada de gloria y nombradía. Y Neptólemo la acepta porque, como dice más adelante, «la justicia y la conveniencia le obligan a obedecer a los que están en el poder». La justicia y la conveniencia no estaban aún sistemáticamente opuestas entre aquellos griegos trágicos cuyo reino -a todos los efectos- sí era de este mundo.

Las heridas del abandonado Filoctetes:
Muchas heridas se acumulan sobre Filoctetes: quizá la menos grave, a pesar de constituir el origen de su desventura, sea la mordedura de serpiente venenosa que le ha emponzoñado la sangre. Se trata sin duda de una llaga física y bien física: supura de forma tan pestilente que nadie puede soportar sin asco la proximidad del herido y causa accesos de dolor tan intensos que Filoctetes pega alaridos y aúlla como un perro rabioso, hasta que llega un piadoso desmayo inducido a fuerza de puro sufrimiento. El dramaturgo no ahorra detalles espeluznantes, fiel así a su estilo: «Sófocles, el más cruel de los trágicos griegos, nunca rehúye la imagen física del sufrimiento; sus héroes son como estatuas, pero estatuas que derraman sangre de verdad y además exudan negra pus» (Jan Kott, en El manjar de los dioses). Desde luego, esa herida tiene también aspectos simbólicos, dimensiones míticas; se trata del castigo divino ante una transgresión, su situación en el pie señala según los estudiosos enfrentamiento con deidades cetónicas, etc. Pero ante todo aflige y humilla a la carne: sangra, apesta, duele mucho. No es la secuela gloriosa de ningún combate de igual a igual, sino una especie de accidente furtivo y fatal, una de esas cosas que les pasan a los hombres por ser cuerpos, un mal encuentro con alguna de esas realidades íntimas y hostiles que bastan para derribamos, en suma: una miseria. A causa de su llaga, el orgulloso arquero Filoctetes se ve convertido no en un honroso inválido de guerra, sino en un pobre y repugnante miserable. Nos hace miserables cualquier afección de la carne que nos compromete y aflige sin darnos ocasión de blasonar socialmente de ella. Miserable se sien te Filoctetes, como miserable se siente Job con su lepra y miserable Sören Kierkegaard con su «astilla» clavada en la carne. Una herida miserable de ese tipo cierra muchas puertas, pero abre otras, secretas y atroces: las puertas de la condición humana. Y sin embargo, según decíamos, quizá la peor herida de Filoctetes no sea la llaga física que sangra y supura. Hay otras: la soledad forzosa y el rechazo por parte de los compañeros. La mordedura de la serpiente les ha servido como un motivo de exclusión, con el pretexto de que no podían soportar su pestilencia ni sus quejas. En lugar de brindar la ocasión para que la humanitas se ejerciese, la herida ha provocado la ruptura de los lazos de humanidad. De aquí el rencor de Filoctetes, que no es sencilla mente el de alguien al que se ha infligido una ofensa, sino el de quien ve traicionada su condición misma de ser sociable, el reconocimiento que los demás deben a lo que a todos en común les constituye. Aquello de que ha sido privado Filoctetes es, ante todo, el lenguaje mismo: cuando Ulises y Neptólemo llegan a Lemnos lo recobrará de nuevo, pero en principio para escuchar mentiras. «¡Oh, queridísimo lenguaje! ¡Nada como recibir el saludo de un hombre como tú después de tanto tiempo!»: con tales exclamaciones recibe el miserable a quien ha sido enviado para someterle con engaños. Filoctetes añora cuanto representa sociedad, compañía, reconocimiento interhumano. En el desarraigo salvaje de su aislamiento, intenta sobre todo urbanizar su suerte aciaga por medio de un techo y de un fuego, aunque tales logros no le curen de lo más profundo de su mal: «Verdaderamente un techo bajo el que establecerse con fuego proporciona todo, excepto el que yo deje de sufrir.» La llegada de Neptólemo, hijo de un compañero de armas al que admira y la noticia de cuya muerte le consterna, parece prometer todo lo que anhela: palabra, compañía, comprensión para su daño y un medio de volver a la sociedad humana. La miseria de su herida y la ruptura con sus semejantes que ha provocado han llevado al desdichado arquero a dudar fundadamente de la bondad divina. Los malos sobreviven y prosperan, mientras que los mejores padecen y perecen: «hay que entender esto y aprobarlo cuando, al tiempo que alabo las obras divinas, encuentro a los dioses malvados?» Es la queja de Job, la protesta de Kierkegaard, la lúcida e impotente rebeldía de los miserables. Pero ahora que hombres buenos han desembarcado en Lemnos, quizá todo pueda finalmente repararse...

La oferta de Neptólemo:
Por la vía de prometerle su reintegración a la sociedad allá donde podrá de nuevo comer en compañía y beber ese vino debidamente escanciado que no ha probado desde hace diez años, Neptólemo se gana la confianza de Filoctetes y recibe en custodia el anhelado arco. Filoctetes le bendice, ensalza la virtud de su nuevo amigo y trata de ocultarle los aspectos más repulsivos y molestos de su dolencia para que no se desanime de su buen propósito de concederle pasaje de retomo en su barco. Ulises tenía razón, y las palabras seductoras han triunfado sin esfuerzo allí donde medios más violentos hubieran fracasado probablemente. Queda tan sólo el problema de embarcar a Filoctetes en compañía de su gran enemigo y llevarle a cumplir la misión que ha de reportar triunfo y gloria a quienes le maltrataron. Neptólemo vacila en proseguir con el engaño y el arquero interpreta esta renuencia como un volverse atrás por culpa de la abominación de su llaga. Pero no es esa repugnancia la que perturba el ánimo del joven hijo de Aquiles: «Todo produce repugnancia cuando uno abandona su propia naturaleza y hace lo que no es propio de él.» Al perder la naturaleza propia, al abandonar la humanitas y sus exigencias de juego limpio con el semejante, todo queda ya viciado por la náusea: lo mismo la miseria ajena que la salud y la victoria propias. Neptólemo quiere el triunfo, desde luego, pero lo quiere para él, es decir: sin renunciar a su naturaleza. No quiere vencer contra sí mismo, a costa de perderse a sí mismo. Por otra parte, justicia y conveniencia le imponen la obediencia a sus gobernantes y tampoco puede renunciar a ella sin desnaturalizarse en cierto modo. Por ello intenta conciliar estas exigencias opuestas, hablando francamente con Filoctetes y haciéndole una propuesta razonable: le ofrece su curación y su reinstauración plena en la sociedad a cambio de su colaboración voluntaria en la batalla definitiva contra Troya.

Pero Filoctetes se siente profundamente dolido y traicionado. De nuevo se utiliza contra él el abuso y la prepotencia, unidas ahora al engaño. El momento del pacto con los adversarios y de la componenda razonable ya ha pasado: ahora el último derecho que le queda es decir rotunda y obstinadamente: «No.» ¡Hasta eso quieren quitarle! Se emplean encarnizadamente en vencerle, siendo como es ya un mero cadáver, «una sombra de humo»... ¡Más le valiera estar efectiva y definitivamente muerto! Las imprecaciones de Filoctetes contra la existencia que se le impone, solicitando armas con las que quitarse la vida, exigiendo de dioses y hombres el alivio de la muerte, son de lo más significativo e impresionante de la tragedia griega. Lo que Neptólemo le propone es un trato decente y, desde un punto de vista meramente práctico, muy conveniente para todos. A fin de cuentas, Filoctetes sin duda va a mejorar; pero el privilegio del herido, del abandonado, del rechazado, del que ha visto su humanidad pisoteada por causa de su herida, es no querer mejorar a cualquier precio o de cualquier modo. Avenirse a la propuesta de Neptólemo es aparentemente más digno y ventajoso que seguir padeciendo abandono en Lemnos o someterse a la coacción que Ulises está dispuesto a utilizar contra él: pero Filoctetes, sencillamente, ya no quiere. No quiere ceder; no quiere ceder su voluntad de no querer. Se le abandonó por ser un herido apestoso e inútil para todos; por tal causa se le negó el reconocimiento debido a la humanidad. Y ahora él no quiere aceptar el trámite de la cura y de su utilidad irreemplazable en el ejército a fin de ganarse el derecho convivencial que se le arrebató indignamente. Filoctetes quiere ahora ser aceptado como hombre herido, como hombre que apesta, como hombre inútil: o prefiere seguir en su isla diciendo «no» a todo. No está dispuesto a dar su arco ni su aquiescencia para ganarse el aprecio de los que le despreciaron. Le con viene, pero no quiere. Es razonable, pero no quiere. Que los sanos, como Neptólemo, se atengan a la justicia y a la conveniencia, a la obediencia a quienes tienen el poder. A Filoctetes ya no le queda más que el privilegio hediondo y supurante de su herida: «La herida de Filoctetes es su dignidad. La única dignidad que le resta» (Jan Kott, El manjar de los dioses). Son los demás los que han decidido cambiar la consideración debida a la humanidad de Filoctetes por el asco a su herida. Ahora la herida es la naturaleza humana misma para él: y no sabría renunciar a ella sin sentir asco de sí mismo, como el propio Neptólemo tendrá que reconocer. [...] (Fernando Savater. La obstinación de Filoctetes)

¿Para qué te sirve este ensayo?
¿En qué te identificas?
¿Qué dice de ti?

martes, 8 de marzo de 2011

Formula de la confianza en uno mismo de Napoleón Hill

Formula de la confianza en uno mismo.
Napoleón Hill

1. Sé que tengo la capacidad de alcanzar el objeto del propósito definido de mi vida; por lo tanto, exijo de mí mismo acción perseverante y continua hasta conseguirlo, y aquí y ahora prometo ejecutar tal acción.

2. Me doy cuenta que los pensamientos dominantes de mi mente se reproducirán con el paso del tiempo en actos externos y físicos para transformarse en una realidad física; por lo tanto, concentraré mis pensamientos durante treinta minutos cada día en la tarea de pensar en la persona en que me propongo convertirme, creando de este modo una imagen mental clara.

3. Sé que, mediante el principio de la autosugestión, cualquier deseo que abrigue con perseverancia buscará expresarse a través de ciertos medios prácticos para obtener el objetivo que haya tras él; por lo tanto, dedicaré diez minutos cada día a pedirme el incremento de la confianza en mí mismo.

4. He escrito con claridad una descripción del objetivo primordial de mi vida, y nunca dejaré de esforzarme, hasta que haya conseguido la suficiente confianza en mí mismo para alcanzarlo.

5. Comprendo con claridad que no hay riqueza ni posición que pueda durar mucho tiempo, a menos que se haya formado sobre la lealtad y la justicia; por lo tanto no me comprometeré en ninguna otra transacción que no beneficie a todos a los que afecte. Tendré éxito atrayendo hacia mí las fuerzas que deseo emplear, y la cooperación de otras personas. Induciré a otros a servirme por obra de mi disposición de servir a otros. Eliminaré el desprecio, la envidia, los celos, el egoísmo y el cinismo y cultivaré el amor por toda la humanidad, porque sé que una actitud negativa hacia los demás nunca me dará el éxito. Haré que los demás crean en mí, porque yo creeré en ellos y en mí mismo. Firmaré esta fórmula con mi nombre, la memorizaré y la repetiré en voz alta una vez cada día, con la fe absoluta de que influirá gradualmente en mis pensamientos y mis actos para que yo me convierta en una persona que confía en sí misma y que goza del privilegio del éxito.

La magia de la autosugestión
Napoleón Hill.
La mente humana está constantemente atrayendo vibraciones que armonicen con aquella que lo domina. Cualquier idea, plan, pensamiento o propósito que uno abrigue atrae infinidad de ideas afines, adhiere estas ideas a su propia fuerza, y crece hasta convertirse en el propósito maestro que domina y motiva al individuo en cuya mente se ha alojado.

…Cualquier idea, plan o propósito se puede injertar en la mente mediante la repetición del pensamiento.
Decídase a dejar de lado las influencias de todo ambiente desfavorable para construir su propia vida a medida. Al hacer un inventario de sus recursos y capacidades mentales, quizá usted descubra que su mayor debilidad sea su falta de confianza en sí mismo. Está desventaja puede ser superada, y la timidez transformada en coraje a través de la ayuda que el principio de la autosugestión proporciona. La aplicación de este principio puede ejecutarse mediante la sencilla enunciación de los impulsos de pensamientos por escrito.

Del libro Piense y hágase rico.

lunes, 21 de febrero de 2011

Autosugestión de Napoleón Hill

En el libro de “Piense y hágase rico” Napoleon Hill habla de la autosugestión como un proceso mediante el cual una persona auto alecciona a su subconsciente para llegar a creer algo, o fijar determinadas asociaciones mentales, generalmente con un propósito específico.

Si piensas que estás vencido, lo estás.
Si piensas que no te atreves, así es.
Si te gusta ganar, pero piensas que no puedes, es casi seguro que no ganarás.

Si piensas que perderás, estás perdido,
Pues el mundo nos enseña
Que el éxito empieza en la voluntad del hombre…
Todo está en el estado de ánimo.

Si piensas que eres superior, lo eres
Has tenido que pensar algo para ascender.
Has tenido que estar seguro de ti mismo
Antes de ganar ningún premio.

Las batallas no siempre favorecen
Al hombre más fuerte o más rápido,
Pero tarde o temprano el hombre que gana
¡Es el hombre que piensa que puede!

martes, 8 de febrero de 2011

La aceptación El viejo sabio

Hola amigos, les quiero compartir un cuento que habla acerca de la importancia de la aceptación personal en nuestras vidas.

Aceptación

Hace muchos años escuché una afirmación muy poderosa “cambia tú y cambiará el mundo”.
El cambio comienza con el deseo de querer cambiar pero se concreta con vivir la práctica de la aceptación personal.
Un amigo me hizo llegar a mi correo electrónico un cuento que quiero compartir contigo, se llama “El viejo sabio”, el cuento refleja plenamente la actitud de una persona que se acepta y que le da un ¡Sí! A la vida.

Cuentan que un hombre de 92 años, muy bien vestido, se está cambiando a un asilo. Su esposa de 77 años murió recién y él se ve obligado a dejar su hogar.
Después de una larga espera en la salita de la recepción, gentilmente sonríe cuando le dicen, no de la mejor manera, que su cuarto está listo.
Conforme camina lentamente al elevador, apoyado en su bastón, el encargado que ha tenido un mal día le describe su cuarto, incluyendo la hoja de papel que sirve como cortina en la ventana.
- Me gusta mucho, responde el viejo con el entusiasmo de un niño de ocho años al que le acaban de regalar una bicicleta largamente añorada.
- Señor usted aun no ha visto la habitación, espere un momento y ya me dirá.
- Eso no tiene nada que ver, la felicidad yo la elijo por adelantado. Si me gusta o no el cuarto no depende del mobiliario o la decoración, sino de cómo yo decido verla. Y ya lo decidí en mi mente que me gusta y agradezco mi cuarto. El cómo ver las cosas es una decisión que tomo cada mañana cuando me levanto. Tengo la opción de pasarme el día lamentándome de todos los dolores de mi cuerpo, o de levantarme cada día y dar gracias por la oportunidad de vivir y experimentar un nuevo día. Veras joven, cada día es un regalo y mientras yo pueda abrir mis ojos, me enfocaré en el nuevo día, y en todos los recuerdos felices que he construido y que construiré a lo largo de cada día durante el resto de mi vida. La vejez es como una cuenta de banco en la que retiras al final lo que depositaste durante toda la vida. Así muchacho deposita toda la felicidad que tengas en tu cuenta bancaria de recuerdos, llénala de recuerdos conscientes, y experimenta cada día una vida plena. Recuerda éstos consejos que te dice éste viejo:

1. “Libera tu corazón de odio”.
2. “Libera tu mente de preocupaciones.
3. “Vive de manera sencilla.
4. “¡Da más!”
5. “¡Espera menos!”

Cuando salieron del ascensor el joven sonrió, llenó su corazón de felicidad y sin saberlo aprendió la esencia de la felicidad; a partir de ese momento su vida cambio.